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¿UNO DE NOSOTROS? |
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domingo, 15 de junio de 2008 |
Este artículo, publicado en el nº 3 de la revista SURFLAND (junio 08), lo escribí por casualidad, pues lo que buscaba era inspiración para otro tema bien distinto. Ocurrió tal y como lo relato.
UNO DE NOSOTROS
Estaba sentado en el muro, cerca de la Escuela Cántabra de Surf, con el pequeño bloc que siempre llevo conmigo sobre las piernas, tratando de escribir, por encargo, un artículo inspirado en la visión psicodélica que Dick Brewer tenía del surfing a finales de los sesenta, la ideología Zen y su particular visión de la vida y de la muerte, o la inyección de capitales y el marketing que transformaron el surfing. Pero resultaba muy difícil escribir sobre psicodelia surfera californiana en aquellas condiciones. No había olas. El viento off-shore, más bien fresquito, arrastraba hacia la costa amenazadoras nubes con muy mala pinta. A veces, algún tímido rayo de sol las atravesaba para impactar como un láser contra la rizada superficie del mar. Pero sólo era un instante fugaz. La verdad, ante semejante panorama, daban ganas de irse a tomar una cerveza, buscar las musas en un bar. De hecho, ya iba a marcharme, cuando, empujado penosamente por sus padres, apareció él. Fue un impacto electrizante. Tanto que no tardé en descubrir el camino para mi escrito, un camino nuevo, muy poco psicodélico aunque lleno de paradigmas y moralejas, todo un universo confinado en un espacio de arena de apenas dos metros cuadrados.
No sabía de dónde era. No sabía cómo se llamaba. Lo único que supe al verle es que jamás podría disfrutar de la playa como cualquier chaval de su misma edad, una tragedia, un terrible drama humano, y, estas, hasta que aprendí a captar la metáfora, se convirtieron en las emociones predominantes aquella tarde de Mayo.
Después de muchos denodados esfuerzos, pues las ruedas de la silla se enterraban a cada centímetro que recorrían, sus padres le colocaron de forma que pudiera mirar hacia ese mar sin olas que, a mí, me parecía literalmente tan vomitivo. Haciendo ostensibles gestos de emoción, el muchacho empezó a señalarlo con su trémula mano, como si aquel océano yermo de series de olas surfeables fuera lo más grandioso que contemplarse pudiera.
Resultó devastadoramente efectista, me dio mucho que pensar y empecé a preguntarme si él no estaría viendo muchas más cosas de las que yo, desde mi egoísmo supino, el egoísmo de quien podía salir corriendo para zambullirse, nadar o bucear con sólo proponérmelo, era capaz de advertir. O si, debido a sus piernas traidoras, sus otros sentidos, doblemente ávidos de percepciones, no estarían disfrutando intensamente de cada brizna de salitre, de cada soplo de aire off-shore, de cada grano de arena de los que se metían entre el mecanismo de la silla a la que estaba atado… de por vida.
Me sentí un poco miserable, y mi desprecio por aquel mar sin olas, mal peinado, feo, se convirtió, o así lo sentí al menos, en un insulto contra la naturaleza, sentimiento que se vio intensificado por la luminosa algarabía que el chico de la silla de ruedas seguía manifestando por el simple hecho de encontrarse allí, oliendo salitre, contemplando una regata de balandros, cuyas velas blancas se recortaban contra la lejana península de la Magdalena.
Intenté calcular todo lo que daría él por poder correr hacia la orilla y zambullirse en el agua, por poder nadar, aunque no hubiera olas perfectas para el surfing. No, no conseguí cuantificarlo.
Pasaron varios minutos. Yo escribía. Él, disfrutaba. Pero nada había cambiado con respecto a unos minutos atrás, el mar sin olas continuaba mal peinado, el cielo triste, casi plomizo… Aunque todo ello ilustraba una perfecta y ejemplarizante armonía que jamás olvidaré, un cambio de conciencia, una experiencia didáctica.
Y me fui, dispuesto a pasar el escrito al ordenador. Antes de llegar al aparcamiento, volví la vista. El chico de la silla de ruedas atascada en la arena, continuaba tan emocionado como al principio, como si se encontrara sentado ante la gigantesca pantalla de una mágica sala de cine. Fue uno de los momentos más sublimes que he tenido la ocasión de fotografiar.
Olas perfectas, psicodelia californiana, el dinero que cambió el surfing, marketing, circuitos profesionales, tablas cortas, tablas largas… Chorradas. |
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