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Se trata de un cuento que escribí una tarde después de ver un telediario. Creo que en él quedó plasmado lo que opino de los humanos, entre los cuales, por desgracia, me incluyo.
Érase una vez Érase, un planeta lleno de agua y de países, algunos grandes, otros pequeños, unos desérticos, otros fértiles, unos independientes, otros sometidos, unos pacíficos, otros permanentemente en armas, que vagaba a lo largo y ancho de un universo surcado por satélites-espía, chatarra espacial y naves siderales rusas y norteamericanas que no sabían lo que estaban buscando, tal vez nuevos planetas que contaminar, o, quizá, la puerta dorada. En algunos países del planeta Érase, las fronteras eran líneas rojas, rojas como la sangre que costó perfilarlas, esas líneas tan tenues y frágiles que aparecen en los atlas, pero, otros, por si esto fuera poco, también erigían altos muros de hormigón coronados por alambres de espinos, con el único fin de aislar a las personas. Visto desde el cielo, el planeta Érase resultaba una laberíntica maraña de líneas rojas e inexpugnables murallones defensivos, países grandes y pequeños reinos, todos tratando de mantener su intimidad, como si temieran que sus vecinos del sur, los del norte o los del este, ambicionaran profanar ésta a la menor ocasión, invadiéndoles, metiéndoseles como ratas en las casas y en los garajes, comiéndoles la comida y bebiéndoles el agua de los ríos, infectándoles con sus costumbres extrañas, con sus ritos y sus cultos, impregnándoles con su insoportable hediondez a extranjero. Y, mientras algunos erasianos, normalmente con la palabra, consagraban sus vidas a luchar para el derribo de los muros existentes, otros, normalmente bajo la coacción de las armas, continuaban empecinados en levantar muros nuevos, cuanto más infranqueables mejor, muros custodiados por ejércitos armados hasta los dientes, tanques, minas, por soldados dispuestos a disparar contra todo aquel que osara violentar su modo de vida, su equilibrio vital, su precaria armonía; su pertinaz ceguera. Los erasianos eran todos similares, bueno, algunos mostraban una coloración de piel diferente, más clara o más oscura, pero, en lo fundamental, todos veían con dos ojos, acariciaban con dos manos, corrían con dos piernas, escuchaban con dos orejas, respiraban con dos pulmones, eliminaban los productos de desechos del cuerpo a través de dos riñones, se reproducían gracias a dos testículos y dos ovarios y ninguno sabía aprovechar todo el potencial de su mente. Aquellos que tenían la capacidad para interpretar las señales, los que podían comunicarse directamente con su Dios, eran nombrados líderes religiosos, o presidentes. Aunque nadie, ni los líderes religiosos ni los erasianos de a pie, entendían ni siquiera lo esencial, la razón de su existencia, el porqué estaban en Érase y no en otro lugar. Más o menos en la época en que la primera muralla defensiva fue construida a lo largo de un país erasiano llamado China, la investigación anatómica estaba en su apogeo, y un galeno egipcio, nativo de Egipto, otro país erasiano, descubrió con gran sorpresa que los erasianos sólo tenían un corazón (según su cultura, el refugio del alma) para amar y un único cerebro para pensar. Dedicó mucho tiempo y muchos esfuerzos al intento de demostrar que esta circunstancia era sin duda un fallo de fabricación, debido probablemente a que al Sumarísimo Creador de todas las cosas (aquellos que no creían en Él eran denominados paganos, idólatras o infieles) no se le había ocurrido dotar a los erasmianos con un corazón o un cerebro de repuesto, por si acaso se rompía el original. Las prisas no son buenas consejeras, ni siquiera para los dioses. ¿A quién se le ocurre crear un ser tan complejo en un día y un planeta con todos sus animales y montañas en sólo una semana? Luego pasa lo que pasa. Reclamaciones. Problemas con el funcionamiento. Y todo Dios (es una antigua frase erasiana hecha) se lava las manos. Volviendo a la historia y como estaba escrito, aquel médico fue ajusticiado por sacrílego. Aunque, antes de arder en la hoguera, aún tuvo tiempo de borronear unos apuntes técnicamente muy adelantados a su tiempo, donde ponía en duda la supuesta racionalidad de la raza autodenominada “superior” a la que pertenecía, apoyándose en la hipótesis de que, aunque los erasianos bien podían continuar vivos después de perder un pulmón, un testículo, un pie o una mano, al morírseles el único corazón con el alma dentro, o pudrírseles el cerebro, entonces quedaban a merced de la demencia absoluta, del mal en estado puro, y, claro, hacían las salvajadas que hacían. Pasaron los siglos y continuaron las atrocidades, hubo nuevas guerras fraticidas, y el Holocausto. El engreimiento de los erasianos de última generación, el creerse superiores a un perro o un gusano (la lista de epítetos del Word de sus pecés equiparaba el término “gusano” con “asqueroso”, “ruin” o “insignificante” y “perro” con “pérfido”, “traidor” e “innoble”), el no aprender de los errores pasados, el empecinarse en repetir lo peor de su historia y, sobre todo, el querer aparentar más de lo que realmente eran y poseer más de lo que realmente necesitaban, fueron las causas que les llevaron a aniquilarse los unos a los otros en la tercera guerra erásica, lanzándose bombas atómicas, bacteriológicas y químicas, hasta destruir su mal entendida “civilización”. Aunque esta calamidad solamente hizo de catalizador de lo irremediable, pues para entonces ya llevaban años muriendo lentamente, a pesar de que los mandatarios erásicos, todos pensando más en perpetuarse en el poder que en el futuro de sus congéneres, miraban hacia otro lado para fingir que aquello no estaba sucediendo en sus respectivos países. Tal como predijeron los ecologistas, la capa de ozono, convertida en un colador, dio paso al calentamiento global, luego vino la subida del nivel de los océanos, que no hizo sino consumar el definitivo ocaso de todas las especies de animales y plantas. Vamos, que si no se hubieran matado entre ellos, hubieran palmado igualmente después de derretirse los polos y los glaciares, desertizarse el planeta hasta convertirse en la yerma bola que es en la actualidad, a la deriva por el espacio exterior. Los aborígenes de otros planetas de la galaxia, Júpiter, Urano, Plutón (al final resultó que sí había vida aunque los erasianos nunca llegaran a saberlo a ciencia cierta), quizá no tan esbeltos, ni tan inteligentes ni tan elegidos por ningún Sumarísimo Dios cuya existencia también quedó sin demostrar (ni tan soberbios, egoístas y malvados), sino bastante semejantes a lo que los propios erasianos calificaban de “bichos” o “plagas” (reptiles, batracios, insectos, roedores), con un sistema de vida cimentado sobre el racional “vive y deja vivir”, sin gobernantes ni líderes religiosos que controlen sus mentes (no los necesitan porque se comportan “racionalmente”), cuando una vez cada cien años contemplan el eclipse provocado al interponerse Érase entre ellos, y su sol, y los más ancianos (ancianos con orejas de rata, manos de sapo, piel de serpiente y ojos de mosca) le cuentan a los retoños (retoños con orejas de rata, manos de sapo, piel de serpiente, ojos de mosca), que en ese pedrusco estéril una vez hubo vida inteligente, una civilización que descubrió las matemáticas, la música, el arte, la penicilina o las ciencias, estos, lógico, se parten de la risa al asociar los adjetivos “inteligente” y “civilización” con una especie que logró extinguirse así misma, por avariciosos y egocéntricos. En las escuelas de los planetas de los niños con orejas de rata, manos de sapo, piel de serpiente y ojos de mosca, los educadores (educadores con orejas de rata, manos de sapo, piel de serpiente y ojos de mosca), lo primero que enseñan a sus discípulos desde bien cachorros es a respetarse los unos a los otros, sin importar que tengan piel de rana verde o pelos de topillo marrón. E, igual que no utilizan políticos ni líderes religiosos, tampoco hay ejércitos, ni policías, y a los únicos dioses que idolatran son Día y Noche, porque Día les da la existencia feliz de la que gozan y, Noche, la placidez de dulces sueños sin pesadillas, ni monstruos. Érase una vez un planeta llamado Érase, por el que las naves espaciales del siglo XXII pasan de largo.
FIN
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