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EL SURFER TRANQUILO |
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miércoles, 25 de junio de 2008 |
Muchos cretinos cuya misión en el surfing es crear malos rollos allí por donde pasan, deberían leer esto y seguir el ejemplo de un surfer con mayúsculas. Porque sólo un surfer de verdad es capaz de portarse con otro surfer de rango infinitamente inferior como mi admirado (no lo desvelaré aún) se portó con un amigo mío cuyo nombre he cambiado para mantener su anonimato. Excepto esto, el resto del relato ocurrió tal y como lo cuento.
EL SURFER TRANQUILO
No sé si lo que voy a contar es importante. Ni siquiera sé si será de algún interés para muchos de vosotros. Pero si sé en cambio que, cosas como estas, hacen que el surfing, a pesar de los pesares, continúe siendo un lugar de encuentro donde las “personas humanas racionales” –conviene hacer la salvedad pues todos conocemos a “personas inhumanas irracionales” y a “animales irracionales” más “humanos y racionales” que muchos de nosotros– que estamos unidos por una común afinidad, el mar, las olas, la naturaleza, podamos disfrutar sin más roces que los propios del neopreno en los sobacos. Mi amigo Toni no es un gran surfer, si por “gran” entendemos uno que se pilla tubazos, se saca girazos y sale en las revistas. Otra salvedad importante esta, ya que si ser un “gran” surfer consiste únicamente en eso, en destacar sobre los demás en las olas, dejando de lado lo que cada cual lleva guardado en el corazón, que según los antiguos egipcios es el refugio del alma, apañados estamos. A diferencia de otros deportes u actividades, el surfing se compone de varias facetas que lo hacen ser sustancialmente diferente, está tan lleno de matices como el océano durante un soleado atardecer otoñal, reverbera y lanza destellos gracias a la conjunción de todos ellos, convirtiéndolo en el eje de nuestras vidas e ilusiones diarias. Mi amigo Toni es un tío tranquilo. A pesar de llevar un buen montón de años surfeando, a su manera tranquila, cada vez que coge una ola siente lo mismo, o más, que uno que se hace un tubo en Mentawai con el fotógrafo a las puertas. Pero, para practicar su surf tranquilo, el surf tal y como él lo entiende, familiar, agradable, placentero, reconfortante, desestresante, mi amigo Toni debe madrugar mucho, sale de casa sin poder ayudar a su mujer en la tarea de preparar los desayunos para los niños –a cambio le tocará bañarlos y darlos de cenar–, y busca lugares poco frecuentados, aunque las olas no sean tan buenas como en los abarrotados. Se da la circunstancia de que Toni madruga y busca spots poco saturados para no verse enzarzado en disputas, porfías, peleas, saltadas. Los gallos del pico, al ver que no se pega girazos ni hace bajadas al límite, no respetan SUS olas, se las buitrean todas, y convierten SU pequeño gran momento del día, esa hora u hora y media de desahogo, en un mal rollo. A principios de año, mi amigo Toni cogió a la familia, su mujer, los críos, y se fueron todos de vacaciones a Barra de la Cruz, que está en México. Al día siguiente de su llegada, poco antes del amanecer, abrió la ventana del bungalow y oyó que rompían olas. Siguiendo su costumbre, entró en el agua cuando el sol aún estaba desperezándose. Había un único surfer en el pico. Se saludaron. Hablaron de la bonita mañana que se presentaba, de lo glassys que estaban las olas y de que en cuestión de media hora, tal vez menos, aquello iba a convertirse en un hervidero de surfistas ávidos de olas, olas, olas. Mientras hablaban, en una mezcla de castellano e inglés, suficiente para entenderse, llegó la primera ola. Toni estaba un poco mejor colocado que su compañero, quien observaba atento y expectante, por si acaso. Toni la remó aunque se cayó en el take-off. Un poco avergonzado, pues había perdido una buena ocasión, pero también se la había hecho perder a su improvisado colega, regresó al pico. Vino una nueva ola. Toni miró al otro surfer como diciéndole “dale tú”. Pero, éste, con un explícito gesto y una cordial sonrisa, le replicó “no, dale tú, inténtalo de nuevo”. Toni, haciendo de tripas corazón, remó, superó ello lo que para él constituía complicado take-off, bajó por la pared de agua agarrándose con uñas y dientes y, por fin, la recorrió de cabo a rabo, sintiéndose radiante, dichoso. Feliz. Cuando regresó al pico, todavía alucinando pues era la primera vez en quince años que alguien le dejaba coger dos olas seguidas, el segundo en discordia le dijo, sonriendo: “Ok, man, ha sido una buena wave”. Era Tom Curren. (Historia basada en hechos reales).
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