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TRIP-Y |
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domingo, 13 de julio de 2008 |
Se trata de un artículo que escribí para el número de verano 08 del periódico Surf Time. Me inspiré en los versos que Allen Ginsberg "Preparados para echar a rodar" vomitó en 1956, seguramente durante un viaje de ácido lisérgico, como era lo habitual en él. Ginsberg es uno de mis poetas favoritos, junto con Lou Reed y Leonard Cohen, porque, como ellos, carece del cursilismo y la pedante afectación que emplean los poetas al uso para escribir sus odas. El amor no existe y la vida es una puta mierda. Sólo nos queda la diversión.
Pusimos las tablas sobre la baca y nos subimos al oxidado SEAT 600 color masilla. Luego pasamos por el bar La Rehostia, donde se podían comer hamburguesas, pizzas o beber cualquier clase de líquido excepto agua, dispuestos a recoger a Mandanga, nuestro colega, uno al que el surf le importaba un carajo y no entendía esa obsesión nuestra “por estar todo el puto día perdiendo el tiempo en el mar”. A las tres de la madrugada le habíamos dejado sentado en la barra, tomando un –otro– tequila, tratando de montárselo con una rubia platino de aspecto peligroso; se le notaba muy excitado, bebía y fumaba sin parar, por lo que, cuando le dijimos que nosotros nos íbamos ya a dormir para salir a primera hora, nos respondió que prefería esperarnos allí. Aprovechando que la rubia estaba pidiéndole una –otra– birra al camareta, apuntó, haciendo una de sus risas sarcásticas, que, si no estaba cuando apareciéramos, preguntáramos por él en el infierno que seguramente sería el dorado coño de aquella tía. Ni rubia ni coño dorado. Le encontramos tirado en la calle, junto a la puerta del bar, durmiendo la merluza. Pero acababa de amanecer y La Rehostia seguía repleto de chicos y chicas que entraban y salían, o que estaban muy ciegos y no eran capaces de volver a encontrar la puerta tras haber potado en la esquina. Cargamos con él para meterlo en el coche. Una vez que logramos tumbarlo en el asiento de atrás y reanudamos la marcha, empezó a farfullar, presa del furor etílico:
“¡A México! ¡A México! ¡Carretera gris paloma abajo, sobrepasando a la Policía de la Ciudad Atómica, sobrepasando la ardiente frontera hasta cantinas de ensueño! En pie sobre la soleada meseta metropolitana, príncipe forastero en la calle, dólares en mi bolsillo, sólo, libre genitales y muslos y nalgas bajo piel, y cuero. ¡Música! ¡Taxis! ¡Marihuana en los barrios bajos! ¡Antiguos parques sexy! ¡Bulevares continentales en América! ¡El centro moderno de la ciudad por un dólar! ¡Monos de faena en Les Ambassadeurs! ¡Y aquí hay una rígida polla marrón por 25 c! ¡Borrachera! Y las largas caminatas nocturnas recorriendo calles marrones, ojos, ventanas, autobuses, osarios interiores tras la Catedral, plazas perdidas y tacos hambrientos, la cabeza de un ternero cocinada y despedazada para aprovechar la carne, y los ennegrecidos tejados interiores y tiendas del mercado de los Ladrones, calle enmarañada sobre la calle, laberinto de desnudo y extravagante joven robo, pausas, remoloneos, percepción de tambores, sin comparar nada más que una cafetera rota de aluminio con el brazo de una muñeca sobresaliéndole de la boca. ¡Aha! ¿qué es lo que quiero? Cambio de soledad, espectro de borrachera en taxis paranoicos, miedo y alegría de amantes desconocidos dando la vuelta a la vacía esquina con ojos oscuros y observándome hacerlo allí sólo bajo la nueva sofisticada luna”.
Siempre que se mamaba, le daba por recitar esos mismos poemas de Ginsberg que ya nos sabíamos de memoria de tantas veces como se los habíamos escuchado, provenientes del asiento de atrás junto con una característica peste a alcohol rancio. Tras la parrafada, se quedó dormido. La carretera serpenteaba paralela a la costa. Y estaba amaneciendo. Pero nos quedaba aún un largo trayecto por delante. ¿Dónde acabaríamos? No lo sabíamos. Ni nos importaba. Teníamos todo un largo verano por delante para disfrutar. En algún lugar, habría unas estupendas olas esperándonos. Y litros de cerveza fría. Y, tal vez, titis calientes dispuestas a darnos su amor. ¡A México! ¡A México!, gritó mandanga, como en sueños. Eructó, y volvió a perder el conocimiento.
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