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Surfer o Surfero (Jamás Surfista) |
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sábado, 16 de agosto de 2008 |
Es mi particular visión de aquéllos que consideran el surf un deporte duro o de riesgo por encima de cualquier otra consideración. Pienso que los susodichos, que no son pocos, deberían leer libros sobre los orígenes del surfing, ver las películas de surfing de los años sesenta y oír música de surfing. Sólo así saldrían de su flagrante inopia.
Por el hecho de practicar surfing o, dicho en cristiano, por “el hecho de practicar el sublime arte de coger olas sobre una tabla”, nunca jamás en la vida, y mira que he llegado a estar cachas de tanto remar, me he sentido deportista. Es más, la sola idea de que alguien pueda confundir la pasión que me impulsa a ir a la playa cada día desde hace treinta años, esa extraña emoción que me embarga al oler el salitre, al pisar la arena con los pies descalzos, al ver alzarse las olas ante mí, al ser sobrevolado por gaviotas o cormoranes…, con lo que vaya usted a saber mueve a un futbolista, tenista, baloncestista, golfista, piragüista, regatista…, puede resultarme, si me lo tomo a la tremenda, incluso ofensiva. ¿Que haciendo surfing haces deporte? Joder, pues claro que haces deporte. Pero también haces deporte follando, subiendo las escaleras de tu casa, agachándote para atarte las playeras, levantando vidrio sobre barra fija o cuando le sueltas una hostia a un menda que te cae gordo. Todo lo que sea mover alguna parte del cuerpo con más o menos repeticiones, es deporte, no hace falta lucir un chándal Nike ni llevar plásticos de bolsas de basura alrededor de la barriga para sudar como un cerdo. Yo no soy un deportista, yo soy un surfer, así es como lo vivo y así es como lo siento, pertenezco a una sub-cultura que ya cuenta con varios siglos de antigüedad, una sub-cultura donde las leyendas no se han forjado en estadios abarrotados de forofos enfervorecidos, a golpe de talonario, gracias a drogas que les ayuden a resistir más tiempo en el agua o al márketing. Las leyendas del surf, hablo de MIS leyendas del surf, y no me refiero a las estrellitas mediáticas actuales, han surgido del océano y se han curtido entre las olas, a veces solos, sin espectadores que aplaudieran sus gestas, pero sintiéndose parte de “algo” que ni me atrevo a describir con palabras, porque para ellos ese “algo” significó una cosa diferente, “algo” que quedó grabado en sus mentes y en sus corazones, tal vez en su cadena genética, para el resto de sus vidas. El surfing no es un deporte. Aunque, inevitablemente, haciendo surfing se hace deporte, que es una cosa bien distinta. Cuando comparo los himnos de los equipos de fútbol (la serenata de graznidos que Sabina usó para grabar el del Atlético de Madrid se llevan la palma), con cualquier tema de, por ejemplo, The Beach Boys, me reafirmo en el convencimiento de que el deporte y el surfing tal y como yo lo entiendo discurren por caminos completamente divergentes. Hoy por hoy, y en general, los picos de nuestras playas están tan saturados de pros de pacotilla, de pegagirillos, de macarras, de perdonavidas, de pardillos, de indocumentados y de snobs, que más que nunca resulta imprescindible hacer la distinción, marcar la línea divisoria entre los que llegan al surfing seducidos por los anuncios de Pastas Gallo que ven en la tele, y aquéllos otros que amamos tanto el mar y la naturaleza que, como mejor nos sentimos, más realizados, más relajados y más felices, es remando entre las olas, sentados en la tabla de palique con los colegas. No, por estos y otros motivos que sería largo y quizá farragoso explicar aquí, yo no soy un deportista ni un jodido surfista. Yo soy un SURFER o, como mucho, un SURFERO, porque rima con rockero, motero, marinero, rapero, raquero, pandillero y grafitero. (Y con camarero, el que me pone las copichuelas “in the night”). Surfista, tú, chaval, que no te enteras.
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