NARIZ PODRIDA EN LA CIUDAD DE LOS TONTOS E-Mail
martes, 16 de septiembre de 2008
Un nuevo y sentido homenaje a la especie humana, inspirado en hechos casi reales.


En un país muy parecido al nuestro, y en una ciudad similar a la que ya conoces, la Ciudad de los Tontos, vivía una buena señora, pobre, vieja, sin más familia que la recua de gatos pulgosos que siempre le seguían allá donde iba, que llevaba, desde que los padres de los más tontos aún estaban solteros, la nariz envuelta en esparadrapo blanco.
Jamás hablaba con nadie porque nunca nadie hablaba con ella. Comía los restos que los restaurantes y los supermercados sacaban a la calle en cubos de basura. Habitaba en una cabaña de dos metros cuadrados junto al río contaminado. No tenía agua ni luz eléctrica. No tenía nada. No tenía a nadie. Sólo una recua de fieles gatos pulgosos.

La mujer del turbante en la nariz, tenía prohibido, por el concejal de Asuntos Sociales Tontoniano, pasar por delante de la terraza del Gran Casino Tontoniano, donde los tontonianos ricos o acomodados tomaban las rabas y los blancos, pues éstos se habían quejado de que sólo verla provocaba náuseas. Pero también debía apretar el paso cuando transitaba junto al pórtico de la iglesia. El párroco le había advertido, espada flamígera en mano, que, como volviera a sorprenderla mendigando por los alrededores de SU templo, y remarcaba muy bien SU, no tendría más remedio que avisar a la temible policía tontoniana.
De modo que, la mujer de la nariz envuelta en esparadrapo blanco, se deslizaba como una desaliñada sombra por la Ciudad de los Tontos, porque no quería ofender a nadie con su ominosa presencia. Salía de noche. Vivía de noche. Mientras todos dormían.

Los tontonianos de a pie, los tontos normales, como tú y como yo, más o menos deslenguados, más o menos tarados, más o menos insidiosos, más o menos envidiosos, hipotecados hasta las cejas y que veían el mundo a través de las tupidas y estúpidas vendas que ponían ante sus cerrados ojos los partidos políticos, cadenas de televisión, emisoras de radio y periódicos al servicio de los partidos políticos, rumoreaban que la asquerosa mujer de los gatos pulgosos padecía un extraño mal que devorándole estaba, poco a poco, el apéndice nasal.

Aquéllos tontos que iban un poco más allá en sus maledicientes elucubraciones, los próceres, los dotados de fantasía, los escritores y los trovadores, decían que la grotesca bola de esparadrapo le servía para sujetar el trozo de carne cruda, de gato, por supuesto, que ella misma se ponía cada mañana en la punta de la nariz como un modo de intentar que su insaciable enfermedad se comiera eso y no el resto de la napia. Incluso se llegó a oír, por boca de los requetetontos, que el esparadrapo evitaba que se le saliera el cerebro por las fosas nasales, un cerebro licuado después de estar la tira de años metiéndose coca.
Había chismes para todos los gustos.

Una mañana de invierno, la señora pobre, vieja, fea, fue hallada muerta en un callejón de la ciudad, tirada en medio de un gélido charco de lluvia. Los dos miembros de la policía tontoniana que la encontraron, tras ser avisados por un vecino del segundo piso que había abierto la ventana para orear los pedos de su mujer, ni siquiera se dignaron a tomarle el pulso para no tener que tocarla, y avisaron raudos al juez de turno quien, antes de ordenar el levantamiento del cadáver, sintió la irrefrenable tentación de desvelar para toda la ciudadanía, la más relevante leyenda urbana tontoniana de todos los tiempos.

Los dos agentes, los vecinos que se habían asomado a las ventanas y los tontonianos que poco a poco iban arremolinándose alrededor del cuerpo atraídos por el olor a carroña, se quedaron con caras de tontos, bueno, con más caras de tontos de las que ya tenían, cuando el encargado de impartir justicia, tras armarse de valor, tomar aire y ponerse guantes de látex, arrancó sin miramientos el esparadrapo que cubría la nariz de la finada, que es lo mismo que la muerta, y vieron que, bajo el apósito…, ¡relucía un diamante del tamaño de un fresón!

Luego, se desató la polémica de quien debía quedarse con el pedrusco, si los varios parientes que surgieron como por arte de birlibirloque, si el director de Caja Tontoniana con el fin de invertirlo debidamente, si el Ayuntamiento de la Ciudad de los Tontos, si los tontonianos ricos o acomodados que tanto ayudaron en vida a la pobre mujer dándole generosas dádivas cada vez que la veían pasar por delante de la terraza del Gran Casino Tontoniano… La Organización de Defensa de los Gatos, ofrecieron la posibilidad de hacerse cargo de los mininos de la finada, que es lo mismo que la muerta, a cambio de ser nombrados únicos legatarios. Hasta el cura párroco dijo que lo justo y moral sería venderlo para, con las ganancias, encargar un cáliz aún mayor y un par de cruces de oro… a la mayor gloria de SU Dios.
 
Dispuesto a zanjar la cuestión, puesto que el asunto empezaba a convertirse en motivo de agrias discusiones y serios altercados de orden público, el hombre encargado de impartir justicia en la Ciudad de los Tontos decretó, porque para eso era el juez, quedárselo en la caja fuerte de su propia casa hasta que se pusieran de acuerdo, unos, y otros.

No volvió a saberse nunca más de él. Tampoco del diamante, por supuesto.

Qué ciegos, los que no abren los ojos para ver. Qué hipócritas somos todos. Qué injustos a la hora de juzgar a las personas que apenas conocemos.

 Y qué tontos.