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domingo, 05 de octubre de 2008 |
Un pequeño homenaje a quienes aún hacen tablas siguiendo la ortodoxia de los pioneros.
Los primeros shapers buscaban las fórmulas para hacer sus tablas mágicas en las notas de Jerry García y en los versos de Syd Barret, sonidos delirantes, mantras hipnóticos que hechizaban los foams y convertían las resinas en carburantes rosas, provocando que las formas fueran fruto de muchas caricias, de mucho tocar, de mucho palpar con los ojos cerrados, como un escultor desliza las yemas de sus callosos dedos sobre la pulida superficie de una hermosa Venus de mármol recién salida de sus hirientes buriles. Se trataba de una manera inventiva de trabajar el surfing, la única conocida, pero que acotaba el espacio interior de aquéllos artesanos poseedores de un supremo talento glaseado con alardes de genialidad, introspección e improvisación. Los experimentadores que aún tratan de inmortalizar la sensibilidad del pasado en sus trabajos actuales, los filántropos del surfing que se ocultan como proscritos en viejas cuadras o sótanos que hieden a poliéster, se acercan más al espíritu evocador del surfing, el estimulante, el nostálgico, el cohesivo, el evocador, surrealista quizá, un tripspirit radical, psicotrópico, una auténtica epopeya en términos creativos y una ruina si hablamos de resultados comerciales. Las tablas sin alma actuales son un compendio de avances técnicos para unos y una inmoralidad para los descontentos, aunque ambos extremos constituyen una génesis de hechos implícitos que están, mal que les pese a tan acalorados litigantes, obligados a convivir. Quién le iba a decir a los shaper seminales, los adoradores de Aoxomoxoa, que las tablas de surfing se convertirían en un producto rentable, en obras maestras sin alma que no pondrían de manifiesto la genialidad de sus artífices. Los primeros shapers, exégetas por desconocimiento, aquéllos que cruzaban por el paso de cebra frente a Abbey Road Studios sin mirar a un lado ni al otro por ser víctimas de su propia inconsciencia –qué maravilloso pecado de juventud–, crearon para los coleccionistas esas formas irrepetibles que no encajaban en el mundo de entonces ni tampoco encajan ahora en éste, no se ciñeron a ningún patrón. Más bien moldeaban sueños usando las enseñanzas de las olas, analizando sus vaivenes, su embrujadora danza de las mil crestas, porque a lo mejor no se necesitan más herramientas que éstas para hacer magia: un poco de locura, alguna droga salida de la planta del Aoxomoxoa y ganas de ser pobre para los restos de las eternidades de aquí, y de Allá. Las tablas sin alma son como un espejo donde el destino del surf se mira y se dice: he olvidado muy fácilmente la dignidad, pero me gusta mucho mi color verde-dólar. BYE, BYE, BABY |