|
Motivado por esa manía que les ha entrado a los de informativos de Antena 3 -¡el resto de España también existe!- por perseguir las andanzas de algunos surfers vascos que tratan de coger olas gigantescas en moto, escribí esto. Es sólo un punto de vista, y nada más.
A principios de Enero, en un telediario de Antena 3, que no es un informativo sensacionalista ni nada, vi que el surfer vasco Ibón Amatriaín casi pierde algo más que la tabla mientras trataba de batir otro récord en algún punto de la costa gallega que no quisieron especificar –tranquis, que no vamos a ir allí a buitrearos las olas–, haciendo tow-in. Y recordé a un amigo mío, un SURFER veterano y muy peculiar que paradójicamente nadie sabe que surfea, uno que se mete con olas de medio metro o gigantescas en lugares solitarios ajenos a miradas que, según su peculiar liturgia, consideraría del todo indiscretas. Otros días, me lo encuentro sentado al borde de los acantilados con los pies colgando, mientras las gaviotas, que ya le conocen, picotean pequeños trozos de pan de su mano. O decide desaparecer durante semanas y, ni yo mismo, que presumo de ser su único contacto con el exterior de la burbuja aislante en la que vive, conozco su paradero. Sólo puedo imaginármelo caminando por alguna selva con su mochila y la tabla bajo el brazo, en busca de solitarias olas más o menos perfectas. Fijaos si es raro, que aún utiliza el mismo single 6’8” que compró a un australiano con el que se topó siendo adolescente, hace cuarenta y tantos años. Cuando, después de mucho insistir, logro convencerle para que me cuente cosas de su vida, su visión del mundo de las olas, o qué le ronda la cabeza, porqué ese ostracismo, y bajo el estímulo de varios botellines se le suelta la lengua, joder, tengo la sensación de estar escuchando al Barack Obama del surfing, a un encantador de masas, al profeta que el surfing tanto está necesitando… o a un loco. Sí, puedo pasarme dos o tres horas seguidas escuchándole, pero, aunque ni borracho me regala con facundias baratas o vacuas grandilocuencias, y ni mucho menos pretende sentar cátedra, ¡hasta ahí podríamos llegar!, en realidad lo hace, la sienta, y, yo, absorto, prendado como un apóstol ante Jesucristo, me digo a mí mismo: “En el rato que lleva hablando, he aprendido más de espiritualidad, ética y surfing que en treinta años”. Mi amigo nada sabe de la falta de respeto existente en los picos de todas las playas, lo juro, vive en otro mundo, y, por increíble que parezca, no me cree cuando le cuento que la moda es irse corriendo a casa después del baño para ver la sesión en una página web. De hecho, me replica, partiéndose de la risa, que tengo mucha imaginación, que debería ser guionista de cine. Mi amigo, vive ajeno a todo este desmadre. Vivirlo, padecerlo, le confundiría, no sabría cómo asimilarlo. Y pienso que tampoco querría. Estas dos semanas de finales de Enero, me recorrí los cantiles que dominan los sitios que frecuenta para coger olas gigantes en solitario, y, con los prismáticos y el corazón en vilo, le busqué, aunque infructuosamente. No sé. Tal vez esté atravesando una de esas rachas en las que le da por eclipsarse. Para comprender los misterios que encierra un SURFER de su calaña, quizá haya que remontarse a los orígenes del por qué de todas las cosas. A la antítesis. A lo de siempre. A… eso. |