|
Una revista me pidió que escribiera algo acerca de las series de olas, los line-ups, me puse a ello y me salió esto. No tenía ganas de cursilerías. Si el sexo es lo que mueve el mundo, ¿quién nos asegura que no influya igualmente en los movimientos cíclicos de las olas? Además, ¿no es el surfing un acto de amor con el océano? Pues eso.
“Quítate la ropa, es un estorbo en este clima tan suave. Entra en el mar y lucha con él; haz volar tus talones con la destreza y el poder que residen en ti, ve al encuentro de las mayores rompientes del mar, domínalas y deslízate por sus lomos como lo haría un rey”.
Jack London, The Cruise of the Snark, 1911
Ellas, las olas salvajes, esas veleidosas e inconstantes hermosuras que tan pronto patean mi cuerpo como me besan dulcemente con sus labios húmedos y sedosos, hechos de volátil espuma salada, enervando mi virilidad o comprimiéndome la testosterona y el ánimo hasta convertirlos en una pequeña masa del tamaño de una pastilla de parafina, Ellas, esas adorables hijas de puta que en cada baño me dicen que soy demasiado viejo para el surf cuando yo me siento aún demasiado joven para morir, Ellas, esas profesionales del disfraz que me odian o me aman casi tanto como yo las amo o las odio a ellas, Ellas, esas infieles presumidas que surcan los océanos planetarios caminando con tacones de cristal y túnicas de brillante satén verdeazulado, Ellas, esas puercas ladinas y tramposas que me hacen sufrir vómitos o padecer erecciones de difícil solución bajo el neopreno… una mañana, siendo un adolescente despistado, me hechizaron para que, durante el resto de mi vida, les adorara cada día de cada mes de cada año, año, año… Y caí prendado, y me entregué a la causa de hacerles el amor con insobornable pasión y constancia, con una generosidad extrema, hasta el punto de que llegué a pensar que surfeaba por motivos mucho más románticos que hacer deporte, viajar con mis amigos, o pasármelo bien. Veo en las olas figuras de deidades acuáticas, paredes de vidrio soplado por el Gran Kahuna que se desnudan sensualmente para mí cuando se acercan a la playa, susurrándome desde lo más profundo de sus tubos: “métete y fóllanos, métete y fóllanos”. Sí, hay momentos muy calientes, sobre todo cuando, en cierta cala solitaria, entro desnudo y nos amamos, dispuestos a no renunciar a nada. Alguna, cuando estoy dentro de su cuerpo, acariciándole la vagina con la palma de la mano, ruge de placer, lanza resoplidos y me deja que yo también le diga cosas, mientras dura el efímero instante de placer supremo, mientras yo la poseo a Ella, y, Ella, a mí. “¿Te gustaría que tuviéramos un hijo?”, le planteé a una izquierda hace un par de meses, midiendo sus reacciones, su inconmensurable energía. No me contestó, ni dio detalles, porque las olas no hablan, no estoy tan loco, aunque, a su manera, se comunicó conmigo, lanzándome de cabeza contra la compacta arena de la orilla. Esta violenta reacción suya, me hizo reflexionar. “¿Por qué una ola y yo no podemos tener hijos como cualquier pareja?”. Y, como una gélida corriente anti-freudiana, a mi cerebro acudió la hipótesis racional de que, a lo mejor, había cogido una ola-macho y, para colmo de males, heterosexual. No es que me fastidie reconocer que, si las olas tienen sexo, probablemente me he pasado treinta años consagrado a prácticas bisexuales, sin saberlo. Mención aparte el tema de las frasecitas que les digo cuando las amo en distintas posturas, tumbado, de pie, agachado…, que tienen guasa. Le he dado muchas vueltas al asunto del sexo de las olas y, aunque no consigo aclararme del todo, el juicio, mi sentido común, me empujan a pensar que es una invención gramatical humana, una simple cuestión semántica más, que las olas, como los ángeles o Michael Jackson, no tienen sexo. No obstante, no puede decirse que mis recelos hayan terminado aquí. Porque, sean del sexo que sean las olas que cojo, lo cierto es que disfruto como un loco tirándome sobre ellas, vamos, que me pongo a cien. Contemplando el advenimiento de las series, preguntándome a cuántos surfers habrán amado en otras latitudes las olas que las componen, bajo cuántos soles y cuántas estrellas habrán navegado por la enorme extensión oceánica con sus tacones de cristal, para finalmente entregarse a otros idiotas como yo que las esperan todo empalmados, me siento terriblemente… celoso. Olas machos, olas hembras, olas asexuadas… Ellos o ellas, son todas –o todos– iguales. En fin…
|