|
domingo, 03 de mayo de 2009 |
Hay fotos que son verdad y fotos que son mentira. Todo lo que sea deformar la realidad es mentira. La realidad es como es. Y es que yo no flipo con fotos aberradas por una lente extremadamente angular.
La única manera de obtener lo que yo llamo “fotones” es contar con surfers extraordinarios a mi disposición sin pelos en las quillas y preparados para darlo todo por un puñado de secuencias susceptibles de ser publicadas en cualquier revista del mundo. La única manera de obtener lo que yo llamo “fotones” es contar con un quiver de objetivos manejados por alguien sin pelos en el talento y preparado para darlo todo por un puñado de secuencias susceptibles de ser publicadas en cualquier revista del mundo. La única manera de que la fotografía de surfing sea esa certeza incuestionable de que las olas son como son y no como las ve un gran angular, es contar con surfers extraordinarios a disposición de un fotógrafo que no trate de deformar los tubos para que parezcan auténticas cavernas huecas cuando en realidad sólo son olas de andar por casa, las que tenemos por aquí todos los días, algunas, incluso perfectas. La amenaza de la abusiva utilización de objetivos que aberran la realidad cotidiana del surfing y de las olas, personalmente me despierta bostezos y, desde mi subjetivo punto de vista, anulan la relación creativa que siempre hubo en el vasto campo de la fotografía surfera. Las fotos más hermosas, puras, verdaderas, reales, se han tomado siempre desde fuera de los tubos, no desde dentro. 200 mm valen y sobran si sobra lo que considero más importante en un fotógrafo surfero. Pero, en medio del despliegue de carcasas actual, cuando tíos con casco se colocan en la boca o dentro de los tubos provocando que quienes no comparten la moda “granangular” se vean obligados a fotografiarle también a él en el instante de ponerle la lente frente a la nariz al surfero de turno, entonces es cuando te preguntas en qué estamos fallando, y nadie te puede responder a eso. Los fotógrafos prodigio de los 60 y 70, nos regalaron su versión más explícita del surfing en su máximo apogeo, mediante un discurso sincero, creando una historia de amor objetivo-ola; cada foto era una reflexión sobre la naturaleza de la Naturaleza salvaje que es el océano con respecto al ser humano que trata de domeñarlo, por supuesto, sin conseguirlo. Los grandes angulares que desproporcionan las napias de los surferos y hacen de un tubito un tubazo digno de Teahuppo, y mi visión de lo que debe ser la fotografía de surf, siempre tan cargada de un mensaje subliminal, caminan por separado. No sé si la foto aquí presente respalda estas teorías. De todos modos creo que, la fotografía de surf, la propiamente dicha, necesita de una segunda oportunidad, que nadie le va a dar. O, quizá soy yo quien necesite esa segunda oportunidad. Que también puede ser. Aunque no la quiero. Muchas gracias.
|