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Este el el texto que PANCHO CUBRÍA llevaba escrito para la presentación del libro HISTORIA DEL SURFING EN CANTABRIA 1963-2009 y que decidió guardarse en el bolsillo cuando vio, perplejo como todos, que Meco, durante su intervención, en lugar de homenajear a sus compañeros del CIS o a los fallecidos, se lanzó a cantar como si estuviéramos en una boda. Parece ser que siempre lo hace, aunque la mayoría -surfers, no surfers, periodistas y autoridades locales- opinamos que no era el momento, que se presentaba un libro, que no era una cena con amiguetes. Puesto que lo protocolario del acto quedó hecho añicos a partir de ese momento, Pancho, temiendo que lo suyo quedara un poco largo e intelectual, tiró por la calle de enmedio y dijo lo protocolario en estos casos, rápido y breve, privándonos de disfrutar escuchándolo. Pero, como lo que había preparado merece ser leído, aquí está, para que lo disfrutéis. Gracias Pancho, tú sí que le das al Surfing cántabro la importancia y el respeto que merece.
En el año 1885 en la ciudad californiana de Santa Cruz, los hermanos Jonah, David y Edward Kawana na koa surfearon por primera vez en aguas continentales de los EE UU. Así permaneció el surfing hasta los años 20 del pasado siglo: como una extravagancia minoritaria, ligada a jóvenes burgueses hawaianos que se desplazaban a los EEUU para estudiar. Sin embargo, la tradición de los hawaianos llamó enseguida la atención de algunos californianos amantes del mar. Y el surfing comenzó a contagiar a gente diversa y extenderse por aquella costa. Así, en 1926, el mítico Tom Blake, que entonces tenía 24 años y acababa de regresar de Waikiki, a donde había ido para aprender el arte de coger olas, descubrió y surfeó Malibú por vez primera. Pronto comenzaron a fabricarse las primeras tablas americanas, a extenderse la epidemia y a germinar una rudimentaria industria. La Gran Depresión económica de 1929 relegó el floreciente mundo del surfing, a un ámbito de marginalidad. En realidad no existían recursos económicos ni un mercado fuerte en el que desarrollar iniciativas de ningún tipo, pero sobraba precisamente lo necesario para que el surf se convirtiera en una subcultura muy compacta: sobraba tiempo y gente desocupada sin nada mejor que hacer que vivir pegados a la playa. Fue en esta época de la depresión económica en la que se forjó el mito del surf como “estilo de vida”: ¿Cómo es posible que, mientras América lo pasa mal por la carencia de bienes materiales, los surfers de California se mantengan felices, con tan poco como un bañador, una tabla de surf y las olas regaladas por la naturaleza? El estilo de vida surfero resulta fascinante: un puñado de jóvenes que no pueden aspirar a comprar una casa o a fundar una familia o a tener un trabajo estable y pagar letras y facturas para tener cosas… deberían ser desgraciados, pero no: los surfers parecen ser felices con un bañador, una tabla y un ukelele. La Gran Depresión se mantuvo en sus niveles más profundos hasta 1934, año en que comenzaron a verse los signos de la recuperación. Pero a la crisis económica siguió otra crisis peor, la de las grandes guerras. La segunda Guerra Mundial fue una crisis de humanidad, infinitamente más grave que la crisis económica, con sus 60 millones de muertos. De nuevo, en buena lógica, todo aquello que no tenga que ver con la resolución del conflicto, ha de quedar en un segundo plano. Sin embargo, como demuestra el libro “California surfriders”, de 1946, escrito y fotografiado por Doc Ball, y cuya portada tiene curiosamente un gran parecido con el libro de Jose Pellón que presentamos hoy, la subcultura del surf se mantuvo no sólo viva, sino efervescente. Cuando termina la guerra, decenas de miles de veteranos de la campaña del Pacífico regresan a casa. Miles de ellos lo hacen con una tabla de surf debajo del brazo. Y entonces (…) ¡Boom! El surfing, que había ido creciendo lentamente pero fortaleciéndose y profundizando en todos sus aspectos culturales, se convirtió en un fenómeno de masas en los años 50, con series de televisión, revistas, películas, marcas especializadas, patrocinios, competiciones, estrellas… y cientos de miles de tablas vendidas en todas las costas de los EEUU. En Malibú, aquel pointbreak perfecto que descubrió Tom Blake en 1926, la palabra “masificación” está vigente desde los años 60. Y es aquí donde comienza nuestra historia: con decenas de surfers que huyen de la masificación, y se lanzan al descubrimiento de las olas del mundo. Sudamérica, el Pacífico, Europa… Y entonces Jesús Fiochi ve una tabla de surf por primera vez. Y la quiere. (…) Lo que sucede en los siguientes 50 años en nuestro pequeño fragmento de costa está fantásticamente documentado en el libro cuya presentación nos congrega hoy, aquí en Mogro. Como sabéis, es un libro en el que han participado con sus aportaciones diversos surfers significativos de cada época. Antes que nada, quiero dar las gracias a Jose Pellón por haber contado conmigo para este proyecto, pidiéndome unas líneas sobre la época en que comencé a surfear. Los años 80, una época en que el surfing era todavía una actividad marginal, que se transmitía entre amigos o conocidos, en que la populosa playa de Liencres tenía todavía una aureola de “última frontera” y las tablas pasaron de uno a dos, de dos a tres y de tres a cuatro timones en cuestión de tres o cuatro años. Como todos vais a leer el libro, no me voy a extender aquí. He disfrutado mucho escribiendo la parte que me toca, recordando viejos tiempos, así que, insisto, mi agradecimiento por haberme hecho un hueco en el libro. Pero sobre todo quiero felicitarte, Jose, por haber tenido esta visión de lo que querías hacer en tu “Historia del Surfing”: reunir los testimonios de diferentes surfers que, por su trayectoria personal, o por su visión de las cosas, por su compromiso con el surfing, podían contribuir a construir la columna vertebral de esta obra, es decir, la columna vertebral de nuestra historia. Hay un aspecto puramente técnico que quiero destacar: Debido a mi actividad profesional, en los últimos quince años he tomado parte en innumerables proyectos de edición de libros muy diversos, de todo tipo. Ello me faculta para afirmar aquí, públicamente, que este libro que ha hecho Jose, para el cual ha tenido que coordinar a no sé cuántos colaboradores, convencer a los imprescindibles más recalcitrantes y huidizos para que participasen, recopilar y seleccionar 3.000 fotografías de todos los formatos y procedencias, y dar su forma definitiva a más de 500 páginas que compartiremos a partir de hoy, ha tenido que ser, sin ningún lugar a dudas, un trabajo durísimo. Largo. Obsesionante. Un proyecto en el que ha tenido que dejarse la piel y innumerables horas. Yo, que no soy muy dado a estas alegrías, expreso aquí y ahora, en voz alta y para que todos lo oigáis, mi reconocimiento a Jose Pellón por este trabajo y os pido a todos reconocérselo también y darle las gracias, entre todos, por haber contribuido de este modo a dar forma a nuestra historia. (…) Tenemos delante esta “Historia del surfing”. Es un libro profundamente cultural. Es algo así como las “memorias de la tribu”, las historias que se han contado una y otra vez en el parking de la playa, por escrito. Pero seguramente es más que eso. Porque contiene reflexiones y observaciones de personas que han vivido el surf intensamente y que nunca habían expresado con este alcance. Yo estoy seguro de que la lectura de este libro va a darnos a todos una mayor unidad. Y quizá alguien se esté preguntando para qué sirve la unidad, o para qué sirve la cultura... o para qué, la historia misma. Yo si me lo permitís, muy brevemente, voy a deciros lo que creo. Para empezar, sirve para que nos demos cuenta de que la gran mayoría de los que nos creemos diferentes y especiales somos bastante iguales y valoramos las mismas cosas. Las mismas cosas que valoraban los surfers de la Gran Depresión, que encontraban la felicidad con una tabla, unas olas y los dedos de los pies llenos de arena. Ese es el origen de nuestra cultura. Esa es la idea central de nuestra historia. Pero también la historia nos sirve para mirar al futuro. Para pensar con perspectiva hacia dónde vamos, y para ayudarnos a NO PERDER DE VISTA LO ESENCIAL en futuro que inevitablemente nos espera. El pasado mes de abril, en el restaurante Duke’s de Malibú, varias asociaciones y personajes destacados convocaron a una reunión a todo surfer que quisiera participar. El motivo: indagar posibles soluciones a la situación de masificación y caos en Malibú, que sistemáticamente tiene como resultado convertir un feliz día de surfing en una mierda. El surfing tiene que ser felicidad, y no una mierda. Este puede llegar a ser un problema que tengamos que afrontar. Y lo afrontaremos mejor desde una conciencia de comunidad que sólo puede existir si se apoya en una historia y una cultura. Hay otra experiencia interesante en San Diego y en Huntington Beach. Estas dos capitales suferas tienen una nueva preocupación: en las playas hay tantos y tan buenos surfers de entre 25 y 35 años que dominan las olas por completo. Tanto que los chavales de once o doce años encuentran imposible hacerse un hueco para surfear. ¿Y cuál es el futuro de una comunidad donde los niños no pueden surfear? Estos son problemas que puede que un día tengamos. Y será más fácil superarlos si existe la conciencia de unos valores comunes. Si existe una conciencia, no ya de tribu, sino de algo así como una “nación surfera”. Señor Alcalde, amigo Avelino, no se me asuste, que esto no es ni una revolución ni un intento de golpe de estado. Al contrario. También constituye un hito histórico el hecho de que las instituciones políticas, no ya que apoyen una actividad como el surf, sino algo más profundo y con más recorrido: que perciban, como hoy en este acto, que formamos un colectivo significativo, que encuentra su equilibrio personal a través del surfing. Y que esta realidad puede y debería ser tenida en cuenta en las decisiones de futuro, del mismo modo que se contempla construir o mejorar una bolera, o garantizar a la gente el acceso a unas instalaciones deportivas, o a un centro cultural, o conservar la costa y el paisaje o arreglar el tejado de la iglesia del pueblo, pongamos por caso. Esa es la grandeza de la democracia, que consiste no en gobernar a la gente, sino en gobernar para la gente, para que la gente sea feliz. Así que gracias también a las instituciones representadas aquí por el señor alcalde, y por este ayuntamiento tan surfero que es el de Miengo, por mirar a este colectivo de ciudadanos que somos los surfistas con interés y con respeto. Para no alargarme más, que ya he hablado bastante, vuelvo a lo que nos ocupa. Gracias, Jose, y enhorabuena por tu libro. Este libro que has hecho para todos nosotros y que seguro que se convertirá en un gran éxito, en un motivo de disfrute para mucha gente y servirá para conocernos un poco mejor todos a todos. Muchas gracias.
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