TIANANMEN E-Mail
lunes, 12 de octubre de 2009
He aquí una reflexión de domingo lluvioso por la tarde, que gira en torno, de nuevo, una vez más, no será la última, al descalabre ético que del que está siendo víctima el surf, prácticamente desde que llegó a California. No es que presuma yo de tener ética, simplemente, como existo, pienso... y escribo.

 

¿Cuánto tiempo tendrá que pasar para que el hombre vuelva a ser hombre? ¿Cuánto para que de nuevo cace animales exclusivamente para alimentarse? ¿Cuánto para que mate a congéneres únicamente por defender su vida, su hogar y a los suyos? ¿Cuántos años tendrán que pasar para que el hombre recupere la dignidad perdida? ¿Y el surf? ¿Y los surfers? Por las playas se topa uno con gente que van o vuelven del agua llevando tablas retro bajo el brazo, tíos y tías que han empezado a coger olas en la era del negocio que genera el propio surf, buscando entre sus húmedos y salobres brazos quién sabe qué. Habría que preguntárselo. A lo mejor, no buscan nada. Porque, quizá, ya no hay nada detrás del telón azul y blanco. Te alejas de la ciudad y aún huele a arena, a dunas y a salitre, a parafina, a neopreno seco o mojado, a inquietante presente y a incierto futuro. Una amalgama, cuando menos, interesante, desde un punto de vista analítico. El surf, como lugar de peregrinación para los buscadores de paz espiritual, ya casi no es posible actualmente. Hay demasiado ruido, demasiado jaleo. La batalla por recuperar los valores que hicieron del surf una actividad diferente, es una guerra perdida de antemano, porque sus generales, o están muertos, o cautivos y amordazados, o exiliados en el ostracismo. ¿Qué hostias nos pasa a los surfers? ¿Acaso estamos tan acostumbrados a recular como para ser incapaces de plantarnos ante la maquinaria pesada que nos arrolla y, como aquel estudiante en la plaza de Tiananmen, gritar: “¡Por aquí no pasas!”, o, simplemente, somos demasiado ciegos, indolentes, indiferentes o inconscientes como para no darnos cuenta de que, baño a baño, todo cambia a peor, que todo se deteriora un poco más? La prioridad, el respeto…  Hablando de respeto, surge otra pregunta: ¿cómo trata el surf a sus mayores? El surf no otorga títulos a sus decanos. Si acaso, los desposee de ellos. Mítico, veterano o leyenda viva no son títulos, pues en el 90% de los casos son utilizados por bocas viperinas como escupitajos. ¿Hay algo más cruel? En este momento, el surf se encuentra ante una encrucijada. Y, con las tablas retro sueltas por nuestras playas, ya no parece tan joven, incluso podrían alejarlo de la imagen radical que Slater y sus inmanejables AlMerrik brindaron a la comunidad surfera mundial, confundiendo a la gran mayoría, llenando los picos de “eslateritos” que no saben por dónde les pega el aire. Resulta paradójico que, ahora, se quiera mostrar una imagen fresca, actual y renovada del surf, utilizando las viejas formas de siempre. Quién sabe, quizá nos veamos dentro de nada con taparrabos de marca, danzando alrededor de una hoguera en la playa, minutos antes de entrar al agua para coger olas con un trozo de madera de haya de marca, extraída de nuestros bosques. ¡Y será lo más! Aquel que consiga mantenerse de pie más tiempo sobre ella, será elegido presidente del gobierno. O alcalde. O Papa. O director de la ASP. O… Surfer.